Por qué sacábamos fotos tan malas antes de los smartphonesTecnología 

Por qué sacábamos fotos tan malas antes de los smartphones


Una parte de mi colección de cámaras antiguas: de izquierda a derecha, una Polaroid Automatic 350 (1969); la famosa Polaroid SX-70 (1970) y una Yashica Lynx-5000 (1964). Eso que parece un monitor es un visor de diapositivas; la pantalla es una gran lupa
24 de agosto de 2019  • 00:01

Con el cinismo desencantado que lo corroe casi todo en Twitter, hace muchos años circuló una frase que, como suele ocurrir con lo cínico, tenía aspecto de ser cierta. Decía más o menos así: “Facebook nos hace creer que tenemos amigos; Twitter nos hace creer que somos sabios, e Instagram, que somos fotógrafos. Despertar va a ser duro.”

Sobre Twitter y Facebook, bueno, podría ser cierto. Pero respecto de Instagram, les tengo una noticia insólita. Creo que nunca antes, desde que se popularizaron las cámaras de fotos hogareñas, hemos producido tan buenas imágenes. Me gustaría contarles cómo llegué a esta -en apariencia- disparatada conclusión. Dejo de lado, en este análisis, a los fotógrafos profesionales,
por los que siento una profunda admiración.

Plan postergado durante bastante tiempo, en las últimas semanas me puse a escanear negativos y diapositivas familiares que, por obra del azar, han quedado bajo mi custodia. Conservo asimismo varias de las cámaras con las que se plasmaron esas imágenes, muchas décadas atrás. Son la clave de que la mayoría de las fotos que encontré fueran mediocres, con una proporción alta de muy malas, y solo excepcionalmente, alguna realmente buena. Porque, aunque parezca al mismo tiempo obvio y estrafalario, en aquella época las fotos se sacaban a ciegas.

Si algo diferencia al fotógrafo profesional del amateur es que el primero ve la foto completa en el visor de su cámara antes de apretar el botón. En ocasiones no hay mucho tiempo para pensar, pero de una vida de trabajo deriva en una combinación de reflejos muy bien aceitados y destrezas extraordinarias no ya para ver, sino para mirar. En el fondo, lo que ocurre es que el fotógrafo ve la foto antes de sacarla; nosotros la vemos después.

Y antes de que llegaran las cámaras digitales y, ahora, los smartphones, para ver la foto no teníamos más remedio que aguardar la llegada de las copias. Entonces advertíamos que acá el flashazo había velado casi toda la imagen; que esta estaba movida; que esta otra había salido fuera de foco, o que en aquella le habíamos cortado las manos, la frente o los pies a nuestros pobres retratados, de suyo mal iluminados, cuando no con ojos rojos o pestañeando. Insisto, no te enterabas de eso hasta una o dos semanas después, cuando te entregaban las copias en papel (en papel, sí).

Sonará disparatado, pero es un hecho: existía una solución (y solo una) para tales situaciones: viajar al pasado y volver a sacar la foto. Algo que, como se sabe, no es posible.

Números

No era el único factor que confabulaba contra la calidad de nuestras fotos. ¿Cuál es el límite tomas hoy con tu celular? No tenés ni idea, ¿cierto? Lógico, porque son muchas. Demasiadas. Pero hasta hace no mucho, usábamos rollos de película, generalmente de 24 o 36 fotos. Después de eso, hacía falta rebobinar la película, quitar el rollo (o chasis, en la jerga) y poner otro. Si tenías otro. Y si tenías tiempo.

La película era cara, especialmente la color, y los que sacábamos muchas fotos (muchas para la época, se entiende), comprábamos solo blanco y negro y a granel. Todavía tengo la maquinita (se llama rebobinadora) con la que se recargaban los chasis. Para hacerlo, tenías que estar en un lugar completamente oscuro, condición que, no les mentiré, solíamos lograr tapándonos con varias frazadas, de noche, y realizando toda la operación al tacto.

Regreso sobre lo del número de fotos. Desde los 12 años me enamoré de este arte, para el cual tengo solo un talento menor, digamos decorativo, y desde entonces saqué fotos regularmente. Empecé con una Kodak Fiesta, al finalizar la escuela primaria. Usé luego una Yashica que no era réflex. Usé, en algún momento, una Nikon FM, que era una maravilla. Usada, compré en algún momento de mi adolescencia una Pentax K1000 con un juego de tres objetivos. Mi última cámara analógica fue una Olympus OM-10, que luego debí vender. Con todos esos equipos saqué menos fotos que las que es capaz de tomar mi smartphone. Tengo varios centenares de negativos, bien archivados, y aún así su número se empequeñece ante el volumen de imágenes que tomamos hoy en tan solo un viaje de vacaciones.

Lavar y secar

Los obstáculos para que el resto de nosotros sacara fotos, digamos, decentes, no terminaban con las restricciones impuestas por los equipos. Eso era solo el principio. El rollo de plástico con el material sensible expuesto (o sea, tus fotos) debía luego revelarse. Salvo en casos especiales, se sumergía la película en el líquido (una base fuerte) durante un tiempo previamente estipulado de acuerdo a una serie de parámetros. O sea, seguíamos a ciegas. Excepto cuando se revelaba por inspección. En ese caso, poco usual, se usaba una lamparita verde tan tenue que necesitabas como 15 minutos para acostumbrar la vista y observar cómo venía el revelado. Lo hice una vez. Pesadilla.

En el caso de la película color, los valores de temperatura y tiempos eran tan estrictos que casi siempre el proceso estaba automatizado.

Si todo salía más o menos bien, obtenías los negativos de tus fotos. Era la primera vez que lograbas, después de revelar, fijar, enjuagar y secar, un vistazo a tus imágenes. En negativo, ojo. Excepto en el caso de la diapositivas, todavía estabas lejos de ver la foto final. El calendario ya marca un par de semanas desde las tomas. (A todo esto, uno aprendía un truco para mirar los negativos del lado de la emulsión, en cierto ángulo respecto de una fuente de luz, que permitía vislumbrar la imagen en positivo. Créanme.)

En el caso de las diapositivas, tenías dos o tres formas de ver tus fotos. La canónica era colocar una pantalla (o usar una pared blanca) y un proyector. Ni las PPT actuales son tan complicadas, porque en aquellos tiempos había cargar un carrusel o algún otro tipo de contenedor con las diapositivas. Una por una. Re divertido.

Si no necesitabas público, podías usar una mesa de luz y un cuentahílos (una lupa). Es lo que se hacía en las redacciones de diarios y revistas. Para uso doméstico existía una suerte de mini mesa de luz, con lupa incorporada y retroiluminación a pilas (ver foto); las diapositivas se cargaban de a una, claro está. La practicidad, ante todo.

Del negativo al papel

Ahora, si lo que habías sacado eran fotos normales, con negativo, todavía faltaba otra noche de desvelo. Dejemos de lado las fotos color, eso nadie lo hacía en su casa salvo que fuera un aficionado muy avanzado, con recursos, lugar y muchísima dedicación. Pensemos, nada más, en simples fotos en blanco y negro.

Para empezar, necesitabas un cuarto que pudiera aislarse de la luz de forma completa. Por completa quiero decir completa. Un insignificante hilito de luz en una rendija, y adiós, se te velaba el papel fotográfico. En un hogar normal, no era para nada fácil. En el caserón antiguo donde viví gran parte de mi vida estaba al borde de lo imposible.

Luego hacía falta una ampliadora; una máquina, otra máquina. Para entender esto hay que recordar que los negativos más usados (además de estar en negativo) eran más chicos que el display de un Nokia 1100; 43 mm versus 50,8 mm. Pero al revés que el display del Nokia 1100, su resolución era lo bastante alta como para hacer copias muy grandes (grandes para uso doméstico, claro). Eso se hacía con la ampliadora, un aparato extravagante (para los estándares de hoy) que venía a ser como un proyector de diapositivas que apuntaba hacia abajo. ¿Raro? Bastante.

Ponías el negativo (tu foto) y lo proyectabas sobre la hoja de papel sensible. ¿Qué era el papel sensible? Simple: una hoja cubierta con, grosso modo, la misma sustancia sensible a la luz de los rollos de fotos. Lo que sigue requiere de cierto grado de concentración, porque es muy contrario a la intuición y muy lejano a nuestros usos y costumbres actuales.

Esto está todo al revés

Volvamos al principio. Al sacar una foto, la luz incidía sobre ciertas partes del material sensible del negativo. Esas partes cambiaban químicamente y al revelarlas quedaban más o menos opacas. Más luz, más opacidad. Sí, suena delirante. Pero así funcionaba. ¿Y las zonas de sombra de la escena? No afectaban el material sensible y, como consecuencia, luego del revelado, esas partes quedaban transparentes. Así, los ojos de las personas daban el aspecto de un apocalipsis zombi, con las pupilas blancas y lo blanco del ojo, negro. Salvo que tuvieras ojos muy claros, en cuyo caso el efecto era todavía más aterrador. Todo al revés, en términos de luces y sombras.

Ahora, al proyectar el negativo sobre el papel sensible, las partes de sombra (transparentes) dejaban pasar la luz y allí el material se oscurecía (como en la escena retratada). Las zonas oscuras del negativo (iluminadas en la escena real) no dejaban pasar la luz de la ampliadora y en el papel quedaban color papel, o sea blancas (o claras, con una amplia grama de grises).

Antes de proyectar el negativo sobre el papel había que decidir el tiempo de exposición. O sea, durante cuánto tiempo debías encender la luz de la ampliadora. Solían ser unos cuantos segundos, pero había algo de ojímetro al respecto. El papel, aclararé, no era barato, y si te pasabas por mucho o te quedabas demasiado corto perdías la hoja. Solíamos, por eso, probar con pedacitos, hasta obtener la exposición correcta. Igual que en el smartphone, ¿no?

Pero esperen, que hay más.

¿Una vez expuesta la hoja de papel ya veías la foto? Oh, no, de ninguna manera. Había que sumergir la hoja en el revelador y después de unos instantes empezaba a formarse la imagen. Lo habrán visto en algunas películas policiales.

Todo esto lo hacías en un cuarto iluminado por una tenue luz roja, por lo que juzgar cuándo la foto se había cocinado a su punto exacto era más el resultado de la experiencia que de la percepción. La imagen que parecía demasiado oscura en el cuarto oscuro tal vez se vería lavada a la luz del día. En todo caso, cuando creías que estaba OK la sacabas del revelador (con una pinzas, siempre) y la pasabas al fijador, un líquido que detenía el revelado y eliminaba el material sensible que no había sido afectado. Luego de eso, la tenías que lavar. Repito. Terminabas lavando papel bajo la canilla. Y ahí tenías tu foto. La colgabas de una cuerda y la dejabas secar, en general durante toda la noche.

Solo recuerdos

Si me siguieron hasta acá, admiro vuestras paciencias. Pero solo tenemos una (1) foto. Si quieren vamos por la segunda.

Chiste. Los pasos descriptos arriba, donde ahorré unos cuantos detalles, alcanzan para poner en evidencia el abismo que existe entre sacar una foto ahora y hace 25 o más años. Ni hablemos de video. Pero todavía falta una cuestión, no menor.

Las cámaras de fotos analógicas, prodigios de la precisión mecánica, llegaron a darnos una mano al momento de tomar la foto. Facilitaban el enfoque y la exposición, por ejemplo. Pero no mucho más. Hoy, en un aparato que cabe en la palma de la mano, la cámara no solo te asiste en la temperatura de color o mejora la iluminación de un retrato, sino que también puede crear time-lapse o videos en cámara lenta. Muchos equipos estabilizan las tomas y, lo más importante, ves el resultado al instante. Salvo en algunos casos, eso te permite repetir la toma. ¿Salió bien la selfie, decime la verdad?

El efecto de esta ayuda y de ver la toma en el momento establece una diferencia enorme, porque ahora todos estamos viendo la foto antes de sacarla y no 15 días después. Lo noté al escanear esos negativos. Aunque las antiguas fotos familiares son para mí tesoros de la memoria, me llamó la atención la cantidad de tomas desperdiciadas, de imágenes movidas, fuera de foco, pobremente iluminadas o encuadradas sin el menor criterio. Hasta el menos inspirado de los perfiles de Instagram ofrece hoy imágenes mucho mejores. A veces un poco posadas, es verdad, pero en cuanto a la calidad, se llevan las palmas.

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