Actuar o dejar que la responsabilidad personal se pierda en la colectiva: ¿qué opción tomamos?Economía 

Actuar o dejar que la responsabilidad personal se pierda en la colectiva: ¿qué opción tomamos?


Crédito: Shutterstock

Una de las historias más trágicas e inspiradoras de la psicología experimental -tomada tiempo después por la economía del comportamiento- tuvo lugar el 13 de marzo de 1964 en Queens, Nueva York. Kitty Genovese volvía a su departamento luego de una larga jornada de trabajo en un bar de la avenida Jamaica, en el mismo barrio, cuando 30 metros antes de llegar a la entrada de su edificio fue violada, asaltada y apuñalada en forma repetida. Dos semanas después del crimen, The New York Times sacó una larga y legendaria nota que contaba cómo unos 38 testigos vieron o escucharon los gritos de la mujer de 29 años desde las viviendas cercanas y ninguno llamó a la policía.

El hecho propició una catarata de artículos y análisis que hablaban de la “anomia” de la sociedad moderna, de la pérdida de valores de solidaridad, etcétera. Pero también captó la atención de dos jóvenes psicólogos sociales que trabajaban por entonces en Nueva York, Bibb Latané y John Varley, que intuyeron que tal vez existía una relación inversa entre las cantidad de testigos del drama y las probabilidades de que alguien se acercara a ayudar. Para comprobarlo, contrataron a un actor que simuló ataques epilépticos en distintas esquinas de Manhattan. El resultado corroboró su hipótesis: los ataques simulados en Times Square en hora pico despertaban menos empatía que los de lugares y momentos menos transitados.

El de Genovese es probablemente uno de los asesinatos más célebres desde entonces en las ciencias sociales: el denominado “síndrome Genovese” o “efecto espectador” (o “transeúnte”) establece que la responsabilidad se diluye cuanto mayor es el grupo de referencia. Fue citado en miles de estudios posteriores de psicología experimental y también de management, economía del comportamiento, tributarismo, teoría de la decisión y hasta en trabajos sobre cambio climático.

Por ejemplo, el experto en persuasión Robert Cialdini suele citar esta bibliografía para recomendar no mandar mails grupales (sino personalizados), porque en el primer caso no hay respuesta: la responsabilidad se diluye y nadie se hace cargo. La dinámica corporativa está repleta de estos “tsunamis” de mails con cientos de copiados, que cual olas monstruosas en el océano van tomando altura sin que nadie las lea (en la segunda mitad de junio, por este motivo, 11.543 empleados de Microsoft se vieron envueltos en un “apocalipsis de correo electrónico” por culpa de la función “responder a todos”).

En materia ambiental, el énfasis sobre el efecto espectador está en el concepto de “como todos somos responsables, nadie hace nada”. Hay un problema de coordinación, de equilibrio en los extremos o de lo en economía se estudia como “free-riding”: “viajar gratis” a expensas del resto sin internalizar los costos. En materia tributaria, los “evasores moralistas” despotrican contra el no pago de impuestos mientras ellos mismos evaden.

Todas estas líneas de trabajo tienen una hipótesis que resulta común: somos menos solidarios de lo que decimos ser y a la menor oportunidad de zafar por “responsabilidades diluidas” le cargamos la cuenta al conjunto. De pobre consuelo le debe servir a Genovese este dato, pero su muerte trágica fue la que inició esta catarata de hipótesis en los últimos 50 años.

¿Una teoría exagerada?

La construcción teórica que se inició con el hecho delictivo de 1964 conformó un relato atractivo, atrapante y superexitoso en las ciencias sociales. Todo perfecto, salvo por un pequeño detalle: podría no ser cierto. La refutación surgió semanas atrás, apalancada por nuevas tecnologías.

Luego del estudio original, el “efecto espectador” fue verificado en decenas de experimentos, pero nunca con casos de la vida real.

La ubicuidad de cámaras de seguridad de alta definición y de nuevas tecnologías de reconocimiento y clasificación promovieron una nueva medición, publicada el mes pasado en American Psychologist, con cientos de experiencias reales, donde se verificó que incluso en episodios con alta cantidad de testigos, en un 90% de los casos la gente tiende a ayudar. Se consideró como actor de solidaridad y empatía a los gestos para calmar al agresor, al hecho de llamar a una autoridad policial, a interponerse entre el agresor y la víctima y a consolar a la víctima. En promedio, por cada caso estudiado hubo 3,8 personas solidarias y no se verificó la correlación negativa entre testigos y probabilidades de ayuda que hizo famoso al “efecto Genovese”.

Para el experto en creatividad y urbanismo Richard Florida, esta conclusión va en línea con las investigaciones del criminólogo Patrick Sharkey, para quien fue el fortalecimiento de las instituciones comunitarias y barriales y no una mejora en la eficiencia policial lo que indujo en Estados Unidos a “la gran caída del crimen” (hubo una baja de más del 50% de los delitos en ese país desde mediados de los 90).

Las nuevas tecnologías (aumento de la capacidad de cálculo, Internet de las cosas, reconocimiento facial, aprendizaje automático) están produciendo un profundo impacto sobre conclusiones clásicas de las ciencias sociales, incluyendo la economía. Un mes y medio atrás, en esta sección se comentó el trabajo de Emi Nakamura, la ganadora en la edición de este año de la muy prestigiosa medalla Clark, que premia a economistas estadounidenses de menos de 40 años y que está considerada como una antesala del Nobel. Nakamura usa nuevas bases de datos y econometría de frontera para estudiar fenómenos macro (que antes solamente se atacaban con modelos teóricos) con la robustez empírica de la micro (que muchas veces se quedaba en respuestas de poca relevancia).

Volviendo al nudo del efecto Genovese, existen otros estudios recientes que hablan de una “honestidad promedio” mayor a la imagen que podemos tener de la sociedad, o de algunas predicciones sobre el homo economicus. Un grupo encabezado por el científico Alain Cohn se dedicó en los últimos meses a tirar aleatoriamente 17.000 billeteras con documentos y plata en 355 ciudades de 40 países. Las billeteras contenían, además, información de contacto de un hipotético dueño. Los resultados sorprendieron a los investigadores: más de la mitad de las personas devolvieron lo perdido intacto, y un 83% (el mayor porcentaje) lo hizo cuando la billetera contenía mucho dinero (83 euros).

El trabajo publicado en American Psychology no es el primero que sale con críticas a la narrativa del efecto Genovese. Según otro estudio de la misma revista, publicado en el año 2007, la historia del asesinato de Genovese fue muy exagerada. En concreto, no había 38 testigos observando, algunos sí entraron en contacto con la policía por lo menos una vez durante el ataque, además, muchas de las personas que oyeron algo por casualidad no podían ver realmente lo que sucedía.

Los autores del artículo sugieren que la historia continúa siendo mal descripta en libros de textos de la psicología social porque funciona como una parábola y sirve como ejemplo dramático para los estudiantes. “Que la realidad no te arruine un buen título” es una frase repetida en infinidad de películas sobre el periodismo, desde Primera plana, ganadora del Oscar tres años atrás, hasta La pícara solterona, en la que Tony Curtis interpreta (según su propia línea de diálogo en el film) “al más rastrero periodista de la más rastrera y traidora revista de espectáculos”.

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