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Mark Hollis y los sonidos del silencio

Mark Hollis y los sonidos del silencio

Una de las escenas más afectadas de Bohemian Rhapsody tiene lugar en las oficinas de EMI, el sello grabador de Queen, y exacerba hasta la caricatura la tensión entre la petulancia creativa de Mercury y un ejecutivo del sello, Ray Foster, ante la posibilidad, o no, de editar como simple la dichosa suite que el año pasado tituló a la película que este fin de semana Hollywood premió en varios rubros.

Mientras se consagraba a esa sobreactuación, retratando erróneamente aquellos tiempos en que la industria discográfica desarrollaba artistas entre álbumes conceptuales y hasta prescindía de los cortes de difusión (por la estrategia de inocular “seriedad” y no competir con los artistas “banales”), la vida del músico Mark Hollis se iba agotando.

Treinta años atrás, como testaferro de su propia marca musical, Talk Talk, Hollis tuvo que cruzarse con los ejecutivos de su propio sello discográfico (Parlophone, que para todo el mundo se distribuía como EMI), al entregarle su cuarto álbum de estudio, Spirit of Eden (1988). Registrado en una iglesia abandonada en Suffolk (Londres), recrudecía en el degradé atmosférico que su propia obra insinuaba desde (The Party’s Over, 1982), un debut de época, a tono con el pop sintetizado de aquel año, que coronaría dos años más tarde con un hit de escala global, It’s my life, del disco homónimo, que FM Aspen y sus rémoras se han encargado de hacer familiar a varias generaciones. Para el tercer álbum, The Colour of Spring (1986) la paleta se había expandido: tecno-pop barroco para consagrar su primavera creativa. Pero el otoño iba a ser más asombroso aún.

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Lo que se escucha en Spirit of Eden activa, aún hoy, la incapacidad de rotular los sonidos de sus seis piezas comparándolas con algo que las antecediera. Sí, la posibilidad que la titulada The Rainbow admita la similitud con una sonata. A lo sumo, que algunas notas pudiesen tener origen oracular en la música de Erik Satie, Miles Davis o Dmitri Shostakóvic, nombres que el propio Hollis nombraba en sus primeras entrevistas, cuando las revistas inglesas pretendían asociarlos con Duran Duran y Culture Club. No por nada, en estas horas, el diario The Guardian decidió publicar, dentro de su obituario, un apartado con las consideraciones de los fans, donde no faltan las alusiones pictóricas y literarias. De haberme animado a sumarme al coro, sin dudas hubiera colocado un haiku del poeta japonés Matsuo Basho: “Este camino/ nadie ya lo recorre/ salvo el crepúsculo”.

Hollis, en aquel entonces, fue demandado por su sello discográfico por “poco comercial”: a la clase de música que entregó, le sumó su negativa a cortar un tema para la radio y a representarlo en vivo en una gira de promoción. En la misma compañía discográfica, más de una década después, admiradores como Radiohead se inspirarían en el gesto aislacionista de música y actitud para soltarle al mundo su Kid A (2000).

En su siguiente y final entrega con Talk Talk, Laughing Stock (1991), la abstracción seguiría siendo el norte. Entre el desencanto con la industria y su propia convicción de que el silencio es la más maravillosa de las expresiones, apenas asomó para dejar un álbum solista (Mark Hollis, 1998) y emprender un fade out tan a tono con su obra que hasta podría envasarse, titular y aplaudir.

JB


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