Trabajar con los pies en el barro: ocho historias de mujeres villeras y feministasEspectáculos 

Trabajar con los pies en el barro: ocho historias de mujeres villeras y feministas

Desde hace ya varios años, nuestro país y el mundo, viven un cimbronazo que parece no sólo no detenerse sino profundizarse con el tiempo. Que el Día de la mujer deje de ser el Día de la mujer y comience por fin a nombrarse como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora no es un capricho sino una necesidad. 

Hace 71 años las mujeres no votábamos ni participábamos del mundo público. No podíamos acceder a educación universitaria, a los trabajos que soñábamos, no teníamos la potestad de nuestros hijes y el deber del cuidado y las tareas del hogar eran un grillete que nos apretaba fuerte los tobillos. 

Pasaron las décadas y el esfuerzo y coraje de miles de mujeres feministas logró modificar la historia. Los derechos, ganados y obtenidos gracias a todas ellas, se suman a una larga lista de cosas que faltan y urgen para conseguir una vida sin violencia machista. 

Y si hablamos de urgencias, hablamos de feminismo villero. Para este 8M, Filo.News entrevistó a ocho referentes del frente de género de La Garganta Poderosa que militan, viven y trabajan en muchos de los barrios más vulnerados de la ciudad de Buenos Aires.

Sus historias, que son las historias de miles de feminidades que se encuentran en situación de extrema pobreza, se repiten a lo largo y ancho de todo el país. Y son las mismas mujeres villeras las que se levantan todos los días para sacar adelante y acompañar a quienes necesitan ayuda. 

Referentes de deporte, de comunicación, de corte y confección, de salud, de ollas populares, todas ellas y sus historias en esta nota que armamos para darle visibilidad a quienes trabajan en contextos difíciles y complejos con el amor, la voluntad y la convicción de que el esfuerzo individual empuja al colectivo para transformarlo todo.   

Todo lo que hacen y cómo lo hacen estas mujeres, debe comunicarse. Y eso es lo que hace la revista La Garganta Poderosa desde hace nueve años. 

Yamila es fotógrafa y trabaja en la revista porque cree que ese espacio es fundamental y porque el arte, entiende, libera de opresiones a quien lo ejerza. 

“Trabajar en estos lugares es el orgullo. Es la reivindicación política de romper con los estereotipos asignados, roles impuestos hacia las mujeres. Laboralmente es como romper con dichos roles, que nos adjudican, permitiendo demostrar la capacidad que tenemos en nuestras vidas en general, cumpliendo todas las tareas que ya nos demanda la sociedad y aparte de eso el poder disfrutar, tener un espacio de recreación, profesionalizarse, poder hacer lo que queremos y no tener un impedimento por nuestro género”, explica.

Desde el 2010 que se creó la publicación, la garganta muestra la realidad de miles de personas y familias que son marginadas por una sociedad que calla, a través de los medios de comunicación, sus palpables y difíciles realidades. Yamila entiende el poder de la palabra y de las imágenes y es por eso que decidió ocupar este lugar que hoy relata con orgullo. 

“El ser mujer, migrante y villera viene con un montón de complejidades y de discriminación. Todo es más difícil a la hora de poder tener algún laburo, para practicar algún tipo de deporte. Es una lucha constante y poder plantarnos y decir ‘yo puedo ser y hacer lo que quiera y te lo puedo demostrar’”, finaliza orgullosa. 

Si bien en las casas la economía del hogar la manejan, generalmente, las mujeres, la potestad de poder decidir, calcular y trabajar la temática siempre le correspondió al varón que fue, históricamente, quien pudo salir a ganarlo afuera. 

Para Miriam Ruiz eso tenía que dejar de pasar, así que formó, junto a otras colegas, el frente de economía barrial de la villa. “Me ocupo de todo lo que es economía y de las urgencias del barrio. Me encargo de la economía social, cultural del barrio, y tratar de que también las mujeres que están en el barrio puedan tomar la posta y organizarse, son las que nos organizamos para todo, para las ollas, cooperativas, que puedan tomar la voz”, explica.

“Nos dijeron que la economía es un monstruo lleno de un montón de números, y no es eso, es un montón de otras cosas útiles que nos sirven para pensar y organizar nuestras vidas”, finaliza emocionada.

El deporte, específicamente el fútbol, es una gran puerta de salida al consumo de estupefacientes. En los barrios, tanto este tipo de actividades como las que están ligadas a la música, literalmente salvan vidas. 

Ornella lleva al frente este espacio y trabaja con chicos y chicas sin distinción de género. “Al fútbol pueden jugar quienes quieran, no importa qué seas, solo tenés que tener ganas, es popular y no excluímos a nadie”, sostiene.  

“Mi laburo es generar para los pibes y pibas herramientas de contención, también buscar capacitaciones, más allá de que puedan tener un entrenamiento piola, también ver que no caigan en las drogas y que las pibas no puedan caer en la trata”, detalla.

Cabe destacar que todas estas actividades están atravesadas muchas veces por el hambre. Estos espacios, generados por las propias vecinas de estos barrios, sirve también como contención cuando la crisis social golpea duro.

“Lo que hacemos también es, más allá de tener un entrenamiento, que puedan tener una merienda, desayuno o almuerzo, ya que en nuestro barrio para muchos pibes y pibas eso es la comida del día; poder garantizar que puedan comer y que puedan hacer deporte a la vez”, finaliza.

El agua potable, la educación, la salud, un techo y la vestimenta, son algunos de los derechos básicos que todas las personas de este mundo deberían tener satisfechos. Muchos de estos requisitos, en barrios vulnerables, no suceden. 

Pero por suerte existe gente como Marilú que, al ponerse al frente del sector de costura, arma y enseña a otras mujeres a confeccionar su propia ropa tanto para vestir como para comercializar.  

“Hacemos remeras, distintas prendas que van surgiendo. El espacio nació a través de una capacitación de género que yo daba a las vecinas del barrio”, sostiene.

Según Marilú, todo comenzó cuando la problemática de la desocupación llegó a extremos complejos en el barrio y había que accionar de inmediato. “Las cosas que hacemos es para nosotras pero más que nada para vender el público. Para que podamos sustentarnos de esas ventas y además aprender cosas que el día de mañana nos van a servir”, explica.

La actividad de costura en el barrio se realiza de forma conjunta porque estas mujeres y feminidades tienen en claro que lo colectivo es lo que salva. “Es para que cada una, el día de mañana, se pueda orientar y tener su propia casa de ropa con arreglos de prendas. Nosotras nos ayudamos en conjunto para que todas podamos crecer, tanto en lo económico, en la realización, en lo que se proyecta, en costos, egresos, ingresos, cómo resolverlo”, indica.

En estos talleres no se enseña sólo a confeccionar ropa, enseñan de forma conjunta a manejar un negocio. “No es coser y coser sino también hacer cálculos, cuánto me cuesta la tela, qué valor le voy a dar a la venta, qué tiempo me toma. Todas esas cosas”, finaliza.

Las redes de esta cooperativa de costura y confección de prendas son: @jacooperativa, tanto en Instagram como en Facebook.

Si hay lugares fundamentales en estos barrios son los desayunadores, merenderos y ollas populares porque es, en ellos, en donde mucha de la gente obtiene la única comida que consumirá al día. 

Nancy, que es la encargada de uno de esos espacios dentro del frente de géneros, tiene muy en claro que son las mujeres las que se ocupan de darle de comer a casi al barrio entero. 

“Nosotras le damos de comer a gente en situación de calle. También tenemos un espacio de ollas en Pompeya los sábados al mediodia y tenemos otro espacio donde nos juntamos los siete barrios, las siete asambleas hace más de un año”, explica Nancy. 

“Somos un conjunto de mujeres organizadas entre las situaciones y las problemáticas que tenemos en los barrios. Si no nos organizamos, muchas cosas no sucederían y las realidades de los barrios serán mucho más terribles”, sostiene reforzando la idea del espacio fundamental que ocupan las mujeres a la hora de sobrevivir.

Tanto Nancy como muchas compañeras que realizan la tarea diaria de darle de comer a cientos de personas en los barrios más carenciados del la ciudad, tienen un pedido clave y concreto: un sueldo digno. 

“No se imaginan lo difícil que es parar una olla en el barrio, así como las compañeras que trabajan en un comedor y no tienen un salario, trabajan 8 horas diarias. Hay comedores y hay ollas populares, las necesidades no son las mismas en cada espacio. A veces un trabajo lleva 8 horas, otro lleva 10 y otro es levantarte, pensar en ir a buscar lo que falta, cómo hacemos, cómo conseguir una garrafa. No sé. Son más de 8 horas diarias en las que se le pone la cabeza y el tiempo y eso merece un reconocimiento estatal”, detalla.

“Hay compañeras que están hace más de 30 años y no tienen un salario. De nuevo, son 8 horas diarias, todos los días, desde las 7 de la mañana hasta las 2 de la tarde y son lugares en donde se les da de comer a 150 0 200 chicos”, agrega.

Las feminidades, históricamente ligadas al cuidado, son las que se ponen al frente de estas tareas y con dos kilos de arroz resuelven el almuerzo de cientos de personas y Nancy lo tiene clarísimo. 

“La mayoría somos mujeres, casi en todos los espacios, yo creo que las mujeres somos las que agarramos la batuta y nos hacemos cargo cuando el hombre se queda frustrado porque lo echaron del trabajo, y se encierra, y llega a casa, y la mujer dice ‘quedate tranquilo que ya vamos a salir’ y es esa mujer la que toma el coraje y se transforma en la economista N°1 del mundo porque trata de que en la mesa esté parada la olla”, finaliza.

Las fuerzas de seguridad, que tienen mucha incidencia en los barrios más marginados, muchas veces son más un problema que una solución. 

Luciano Arruga, Nicolás Vazquez, Marcos Acuña, Silvia Maldonado, Gabriel Godoy entre tantos otros, son los nombres de las víctimas de gatillo fácil en nuestro país que desde el regreso de la democracia se llevó la vida de más de 6500 personas. 

Este espacio, creado y gestionado por mujeres, funciona como un organismo de control vecinal que sigue, mira y (si es necesario) acciona sobre el trabajo de las fuerzas de seguridad. 

“Lo que hacemos es controlar a la Policía, que hagan bien su trabajo, que cumplan la ley como debe ser, que no maltraten a los pibes ni los torturen, no queremos llorar más pibes, pedir más justicia”, sostiene Gabriela.

“Acompañamos a la familia de las víctimas a las fiscalías, a los juzgados, intervenimos en los momentos en que las fiscalía no les dan pelota, o le hablan de una manera que no entiende la familia, ahí intervenimos nosotras, para que puedan bajar la violencia también, porque vulneran mucho a las familias solo por ser de barrio, entonces nosotras estamos capacitadas para intervenir”, detalla.

Pero su trabajo no es sólo controlar y acompañar sino también articular con distintas especialistas para resolver los distintos problemas que surgen en el área. “También acompañamos a la familia, buscamos psicólogos, tratamientos. Buscamos la forma de que los pibes estén bien”, finaliza.

Cuando era más chica, Tamara recuerda que no se reconocía como vecina del barrio, y les pedía a sus papás mudarse de la villa. “Con el tiempo, cuando me encontré con la organización y con vecinas del barrio, me di cuenta de que en realidad vivir en el barrio no estaba mal, ser villera no estaba mal y defenderlo tampoco, lo que estaba mal era todo lo que se comunica del barrio. Ahí entendí que había un montón de otras formas de construir y transformar la realidad en la que vivimos”, indica. Hoy, con 24 años, estudia medicina y trabaja todos los días en su barrio para evitar y subsanar las situaciones de violencia a la que están expuestas muchas feminidades. 

Si bien en los barrios las típicas problemáticas vinculadas a la salud siempre se trataron de alguna u otra manera, formar un espacio específico para abordarlas mejor fue lo que empujó a ella y a las otras integrantes a armarlo.

“Todo lo que es el espacio de salud nace desde la casa de las mujeres y disidencias, empezó a ser un espacio que tenía un eje de salud concretamente, y después empezamos a armar los espacios de salud en las asambleas. Ahí laburamos todas las áreas de salud y también vamos buscando nuestra propia identidad, y que es lo que consideramos definición de salud para el barrio, los que vivimos acá”, expresa.

Es que sí. Los barrios son distintos así como sus problemáticas y ellas lo tienen claro. Trabajar cada una de ellas de forma particular ayuda a poder desarmar y contener a quienes lo necesitan de forma urgente. 

“Acompañamos interrupciones legales del embarazo, ahí articulamos un montón con los centros de salud que hay acá, y también con otras organizaciones. También trabajamos el área de salud mental, porque vimos que era una problemática de la cual no había respuesta en los centros de salud y no porque no hubiera predisposición, sino porque hubo un desfinanciamiento muy grande y sabemos que al salud mental queda relegada en muchos espacios, y el barrio no era la excepción”, detalla.

En nuestro país la Ley de Educación Sexual Integral no se cumple como debería y en la villa 21.24 las dificultades para acceder a este tipo de información son muchas. “Hacemos campañas abiertas sobre higiene menstrual, métodos anticonceptivos, que responden a que podamos construir saberes en conjunto”, sostiene.

Y si bien lo que sucede en los barrios también sucede fuera de ellos, lo que pasa en los hospitales públicos o privados, difiere bastante de los conocimientos culturales y la idiosincrasia de estos lugares llenos de epistemología propias de cada lugar.

“Combinamos la medicina hegemónica que funciona en los centros de salud y todos los haberes de salud y medicinales en los barrios que siempre quedaron por ahí más relegados. Entendemos que es importante que se reivindiquen todos los saberes que tienen las mujeres en los barrios, porque son las mismas que forman parte de todas las comunidades de la Argentina y Latinoamérica también, apuntamos a que todas las actividades y campañas que hacemos convivan en esos saberes”, cuenta orgullosa.

Así como en cualquier barrio, en estos espacios se acercan cientos de mujeres que necesitan ayuda con distintas problemáticas. Desde situaciones de violencia hasta hambre, en la Villa 21-24 pasa de todo. 

Pero la idea de esta nota es desetigmatizar a las villas que siempre en los medios de comunicación se muestran hostiles, crueles y sin ningún tipo de relato de amor y solidaridad. 

Paradójicamente, es en estos espacios en donde la empatía nace, se ejerce y surge desde todos los rincones. Y son las mujeres en acción un agente fundamental de este engranaje solidario que pocos medios muestran. 

Jésica desea que se deje de etiquetar a la gente de la villa como agentes peligrosos y asegura que ella y su familia, en el barrio, están más seguros que afuera. 

Ella, referente de la Garganta, labura el territorio. “Estamos en los espacios de acompañamiento y de orientación. Acompañamos a mujeres en situación de vulnerabilidad en el barrio, ya sea en situaciones de ILE, de violencia, por la ruta de la denuncia, también buscamos los lugares donde ellas se sientan cómodas, acompañarlas en lugares de mujeres y disidencias y también en espacios de ollas, en talleres o cualquier otro lugar”, explica. 

Jésica coordina todo lo que sucede en La casa de la mujer y las disidencias de la villa y orgullosa relata cómo todos y todas las vecinas se comunican y se ayudan de forma recíproca. 

La referente de género sostiene: “Las mujeres en el barrio tenemos mucha responsabilidad. Somos trabajadoras de la triple jornada, del espacio de cuidado, de mis hijes porque soy madre y de trabajar por fuera de mi casa”.

“Los trabajos comunitarios también son laburo y es un montón. Implica casi más de 24 horas laborales y encima no pagan en muchos de los casos. Le dedicamos mucho tiempo a los cuidados, ya sea a mis hijes o cuidado de otros hijes, o a los espacios comunitarios que también son re importantes, se generan redes de contención para un montón de mujeres”, finaliza.

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