Un partido global: la larga lucha del deporte contra el racismo, con muchos antecedentes


Rodilla en tierra: el plantel de Liverpool y una imagen que dio la vuelta al mundo, como símbolo de la lucha contra la segregación racial Fuente: Archivo – Crédito: Liverpool FC

El

mundo del deporte

en sus distintas latitudes sigue adoptando

gestos de repudio

por

el asesinato del afroestadounidense George Floyd

, sucedido a manos del policía blanco Derek Chauvin, en Minneapolis, Estados Unidos. La muerte desató el impacto, el dolor y el enojo.

Desde la tenista juvenil Coco Gauff hasta una leyenda como Micheal Jordan se unieron en solidaridad y en rechazo al racismo

, la discriminación y el atropello policial.

Conmocionados, decenas de personalidades estadounidenses se manifestaron en contra de los abusos policiales: Kareem Abdul Jabbar (

“se abrió la temporada de caza de negros”

, dijo), LeBron James, Stephen Curry, Magic Johnson, Colin Kaepernick, y Serena Williams, entre otros. Muchos de ellos lo sufren en carne propia. Pero también fuera de los límites norteamericanos surgió el respaldo: en la Bundesliga alemana Marcus Thuram marcó un gol, puso la rodilla izquierda sobre el césped e imitó el mítico gesto de protesta de Kaepernick -hoy ignorado en la NFL- en 2016. Además, los 29 miembros del plantel profesional de Liverpool se arrodillaron en medio del campo de juego de Anfield.

Ayer y hoy, poco ha cambiado: el racismo existente en el deporte no es sino un simple reflejo del racismo que destila una parte de la sociedad. Indudablemente, la cuestión preocupa. Y en el fútbol se puede hallar uno de los focos principales. En Europa, los fanáticos de diversos clubes aparecen como los abanderados del odio racista lanzado en forma de insulto o bandera contra jugadores e hinchas rivales. De poco sirven las sanciones y las multas aplicadas por las federaciones adheridas a la UEFA. Vale también una aclaración: no hay que irse muy lejos de la Argentina para ver como todos los fines de semana bajan desde las tribunas de fútbol cantos y gestos xenófobos y racistas y se extienden a los campos de juego.


Marcus Thuram y Mario Balotelli, y un gesto que popularizó Colin Kaepernick en el fútbol americano Crédito: AP / Instagram

El último caso que dio la vuelta al mundo ocurrió en Lisboa, Portugal, en febrero de este año. Moussa Marega, el atacante franco-maliense del Porto, fue víctima de gritos racistas y decidió abandonar el terreno de juego en el campo del Vitoria Guimaraes. Después de haber anotado el tanto de la victoria (2-1) de su equipo, Marega se cansó de escuchar gritos de “mono” y se fue directo al vestuario.

Desde ya, el de Marega no es un caso aislado. La Serie A es uno de los lugares más conflictivos en cuanto al racismo. En abril de 2019, el joven Moise Kean, que irrumpió a fuerza de goles en Juventus -hoy juega en Everton, de Inglaterra- recibió insultos de parte de los simpatizantes de Cagliari. Desafiante, tras un gol, el delantero se paró a celebrarlo de frente a la hinchada con sus brazos abiertos. “Es la mejor forma de responder al racismo”, sentenció.

Los nombres de quienes sufrieron en las canchas italianas se multiplican año tras año: en 2005 Marc Zoro (Costa de Marfil); en 2010 Samuel Eto’o (Camerún); en 2013 Sulley Muntari y Kevin Prince Boateng, ambos de Ghana; Kalidou Koulibaly (Senegal) fue agredido en 2018 y 2019; Dalbert (Brasil) resultó otro de los agraviados el año pasado. También en 2019 fue atacado Romelu Lukaku (Bélgica). En tanto que Mario Balotelli, en su país, es uno de los objetivos principales del racismo en los últimos años.


Weston McKennie lleva un brazalete que dice “Justicia para George” durante el partido de fútbol de la Bundesliga. Fuente: AFP – Crédito: BERND THISSEN

No obstante, las innumerables agresiones se reparten a lo largo y a lo ancho de Europa. Sucede en ligas menores y también en las más potentes como Inglaterra, Francia o Alemania: pocos escapan a las aberraciones. La lista, tristemente, parece interminable. En los últimos tiempos, nombres como los de Neymar, Paul Pogba, Patrice Evra, Emmanuel Eboué, Carlos Kameni, Jordi Osei-Tutu, Tammy Abraham, Callum Hudson-Odoi, Danny Rose, Prince Gouano, Taison y Dani Alves fueron hostigados desde las tribunas y en algunas ocasiones por sus rivales. El lateral brasileño, en 2014, se comió una banana que le tiraron en la cancha de Villarreal. Tras episodio, su amigo Neymar creó una campaña para concientizar a la que llamó #SomosTodosMacacos.

Gelson Fernandes (Suiza) reveló que su etapa en el Chievo Verona (2010-11) la gente rayó su coche y le escribieron ‘Nigger’, una forma despectiva de llamar a los negros. Y después le defecaron frente a la puerta de su casa. Ya en su etapa en Alemania, alguien le escribió en Instagram: “No eres suizo. Eres hijo de monos. Eres un jodido refugiado”.

El fútbol, tal vez, está potenciado por tener una difusión superior. Pero también en el resto de las disciplinas se observan actitudes similares. En el deporte las historias de racismo del presente tienen un anclaje profundo en el pasado. Al bucear surgen casos emblemáticos como el de Jesse Owens, que se convirtió en la máxima figura de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, al ganar cuatro medallas doradas en pleno auge del nazismo. Asimismo, el estadounidense confesó que en su tierra no tenía igualdad de derechos con respecto a los blancos. Regresó triunfante, pero siguió viajando en la parte de atrás de los colectivos.

Luego aparece Muhammad Alí. En pleno festejo por la medalla de oro lograda en Roma 1960, al ex boxeador le prohibieron la entrada en un bar de Louisville, primero; luego, una moza se negó a atenderlo porque “era negro”. Cassius Clay salió furioso, se quitó la medalla y la tiró al río Ohio, como mensaje contra el racismo. Una presea que, simbólicamente, le restituyó el COI en Atlanta 1996, cuando ya era Alí.

El ‘Black Power’ de México 1968 -el año del asesinato de Martin Luther King- resultó una de las rebeliones más célebres en la historia del deporte. Y qué mejor para Tommie Smith y John Carlos que la entrega de medallas de la carrera de los 200 metros llanos. Mientras sonaban las notas del himno nacional de Estados Unidos ambos levantaron un puño cubierto con un guante negro con la mirada fija en el suelo.

Arthur Ashe, el único hombre afroamericano en lograr el trofeo de Wimbledon (1975), combatió el racismo en EE.UU. y el apartheid en Sudáfrica. Los Springboks, precisamente, formaron parte del viejo sueño de Nelson Mandela: “Un equipo, un país”. La lucha le llevó años, claro. Los campeones mundiales de 1995 apenas tuvieron a un negro en el equipo: Chester Williams. Más acá en el tiempo, en Japón 2019, seis negros estuvieron en el XV inicial de la final celebrada ante Inglaterra. Y Siya Kolisi, el primer capitán negro de la historia de Sudáfrica, levantó el trofeo. Al menos una sonrisa dentro de tanto dolor.

ADEMÁS

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Articulos relacionados

Leave a Comment