La historia de Black Lives Matter, el movimiento detrás de las masivas protestas contra la violencia policial en Estados UnidosSociedad 

La historia de Black Lives Matter, el movimiento detrás de las masivas protestas contra la violencia policial en Estados Unidos


Manifestantes en el puente de Brooklyn a principios de junio, tras el asesinato de George Floyd. Crédito: Anthony Geathers

Dos días después de que un policía de Mineápolis asesinara a George Floyd, el 25 de mayo pasado, el cómputo de víctimas del coronavirus alcanzó las 100.000 personas en Estados Unidos. Más de 22.000 de ellas eran negras, aunque nosotros somos solo un 13 por ciento de la población del país. Mientras la pandemia global desnudaba desigualdades estructurales, en las calles de Mineápolis se veían las mayores manifestaciones públicas por los derechos civiles en generaciones. Decenas de miles de manifestantes no violentos de diferentes orígenes culturales, también en muchas otras ciudades del país, clamaban

las vidas negras importan (black lives matter)

, mantra de nuestro movimiento y grito de guerra contra la aceptación pasiva de más muertes.

Fueron Alicia Garza, Patrisse Cullors y Opal Tometi quienes llevaron esas palabras a nuestras mentes y corazones hace siete años. Las demandas de cambio que vemos hoy no aparecieron de repente sino que son el fruto del trabajo de activistas como ellas. Su lucha nos dio el espacio para pedir más. Tan solo este año, un padre y un hijo blancos ejecutaron el linchamiento moderno de Ahmaud Arbery, un joven de 25 años, cerca de Brunswick, Georgia. Si las vidas negras importaran, no tendríamos que evocar el nombre de Breonna Taylor, asesinada por las balas de la policía en su propia casa en Louisville en marzo. No tendríamos que cantar el nombre de Floyd, asesinado por el presunto uso de un billete de veinte dólares falso en un almacén.

Los manifestantes se movilizaron rápido y con una furia sin remordimientos contra una amplia variedad de objetivos, desde la policía militarizada hasta los deficientes servicios de salud; de las encarcelaciones masivas a la discriminación en los espacios de trabajo; de la inseguridad alimentaria a la crisis de viviendas; de los monumentos de la Confederación al racismo en la industria del entretenimiento.

Pero, ahora que

las vidas negras importan

es algo que dicen tanto manifestantes como corporaciones, ¿qué hará falta para construir realmente unos Estados Unidos donde esas palabras no sean solo un grito de supervivencia? Este julio se cumplen siete años de cuando Garza reaccionó a la absolución de George Zimmerman por el asesinato de Trayvon Martin con un posteo en Facebook en el que expresaba su dolor diciendo: “Gente negra. Los amo. Nos amo. Nuestras vidas importan. Las vidas negras importan”. “Me impactó de una manera que no esperaba”, me dice Garza. “Vemos muertes negras todo el tiempo y no sé qué había en este nuevo caso, lo único que sé es que me fui a casa y me desperté en medio de la noche llorando. Agarré el teléfono y empecé a teclear”. Garza es hoy directora de Black Futures Lab, organización que produce un informe llamado Black Census Report. Patrisse Cullors, una activista del sur de California cercana a Garza, vio el post y le agregó el hashtag #blacklivesmatter. En Nueva York, Opal Tometi, activista en cuestiones migratorias, se enteró del veredicto de Zimmerman después de ver

Fruitvale Station

, película de Ryan Coogler acerca del tiroteo policial que mató a Oscar Grant III en 2009. Ya estaba emocionada cuando leyó el posteo viral de Garza. “Fue eso lo que me pegó”, dice Tometi. “Había mucha bronca, mucho dolor, mucho cinismo. Pero su posteo me llegó porque era explícitamente negro, un mensaje basado en el amor y esperanzador”.

Al día siguiente, Tometi, que conocía a Garza por la Black Organizing for Leadership and Dignity Network, la contactó. Aún no había conocido a Cullors, pero al poco tiempo, las tres sumaron fuerzas y lanzaron la Black Lives Matter Network.

“Con Patrisse empezamos a hablar de construir una organización sobre la violencia del estado”, dijo Garza sobre la fundación de la Global Network. “Patrisse en esa época trabajaba en lo suyo, la Dignity and Power Now. Estaba empezando a despegar. Y todo esto entró en una suerte de sinergia. Yo conocía artistas y diseñadores en la Bay Area que querían ayudar, y me decían: ‘¿Qué podemos hacer?’. Esa es un poco la génesis de todo esto”.

Garza dice que Black Lives Matter al principio no era su trabajo a tiempo completo. Pero después del asesinato de Michael Brown Jr. a manos del oficial Darren Wilson en 2014, se organizó una Freedom Ride a Ferguson, Missouri. Cullors escribió una pieza para

The Guardian

junto a Darnell L. Moore en septiembre de ese año, donde describía el viaje en ómnibus con 40 personas -a la manera de las Freedom Rides por el Sur segregado de principios de los 60- como “un ejemplo tangible de autodeterminación frente a la violencia antinegros por parte de los residentes de Ferguson y de aquellos que viajamos desde otros puntos del país para apoyarlos”.

“De las tres, yo era la que más decía: ‘Vamos, hagamos algo grande, sumemos a todo el mundo’. No pensaba necesariamente en crear una organización”, dice hoy Cullors. “Pensaba en un movimiento masivo del que la gente pudiera ser parte y compartir una identidad. Quería darle visibilidad a gente, como los negros y los pobres, que ha sido marginalizada y brutalmente atacada. Hace siete años, era casi imposible hablar de violencia policial en las noticias, mucho menos de asesinatos a manos de la policía”.

Garza recuerda que simplemente clamar las vidas negras importan era demasiado para Estados Unidos. “En el paisaje político, Black Lives Matter no era algo viable”, dice. “Decir cualquier cosa acerca de las vidas negras hace que la gente se enoje. Desde una perspectiva política, no podías llevar esta demanda a una legislatura estatal porque Black Lives Matter, para muchos, era sinónimo del Black Panther Party, y la gente no quería saber nada con eso”.

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Los hermanos Newsome, segunda generación de activistas por los derechos civiles, al frente de una marcha en Manhattan Crédito: Gabriela Bashkar/The New York Times

Ahora sí quieren saber

. Tras la muerte de Floyd, las corporaciones que en 2013 ni se acercaban a ninguna controversia racial reproducen el reclamo de que las vidas negras importan. Incluso Roger Goodell, comisionado en jefe de la NFL, una liga en la que el mariscal de campo Colin Kaepernick fue expulsado por haberse arrodillado en una protesta pacífica contra la violencia policial y el racismo sistémico durante la temporada 2016, cambió de opinión. Es parte de una temporada de confesiones caucásicas más amplia: los Boston Red Fox se disculparon por los fans que lanzan insultos raciales a jugadores negros, NASCAR prohibió las banderas de la Confederación que suelen inundar sus gradas y Paramount canceló la sórdida

Cops

, después de más de tres décadas de glorificar la brutalidad policial.

“Una de las cosas importantes de Black Lives Matter es que se transformó en un grito de guerra”, me dice Stanley Nelson Jr., documentalista que retrató desde Marcus Garvey hasta los Black Panthers. “¿Cuánta gente blanca viste con carteles de ‘Black Lives Matter’? Se transformó en un símbolo, como arrodillarse o levantar el puño”.

El público está reconociendo, tarde, la realidad del racismo y la brutalidad policial, en particular porque los teléfonos la capturan en videos que las redes sociales viralizan. Un diecinueve por ciento de las personas que contestaron una encuesta de Gallup el 10 de junio dijeron que “las relaciones raciales o el racismo” son el problema más importante de Estados Unidos, un gran aumento respecto del cuatro por ciento de un mes antes y el número más alto registrado por la encuesta desde otro año crucial: 1968. Otra encuesta del 2 de junio reveló que “el 57 por ciento de los estadounidenses dice que la policía frente a una situación difícil o peligrosa tiene más probabilidad de usar una fuerza excesiva” contra individuos negros, mientras que solo “un 33 por ciento dice que la policía tiene iguales probabilidades de usar fuerza excesiva contra blancos y negros en la misma situación”. Comparen estos números con la misma encuesta realizada el verano de 2016, cuando dos policías de Baton Rouge, Louisiana, mataron a Alton Sterling: entonces, solo un 34 por ciento de los encuestados dijo que los negros tenían más posibilidades que otros de ser víctimas de la violencia excesiva.

Pero las encuestas y los comunicados de prensa de las corporaciones no salvan vidas; tampoco las protestas. Transformar un país al que no le importan las vidas negras requiere una reforma sistémica de la policía. Aunque el hecho de que las vidas negras importan llegue a la cultura mainstream ayuda a que el movimiento extienda sus demandas. Si Estados Unidos acepta que las vidas negras están extraordinariamente amenazadas, tenemos que hablar de qué y quién las amenaza. La historiadora Blair L.M. Kelley, de la universidad de North Carolina State, dice que “estamos muy lejos del cambio necesario para que se salven vidas. Pero al mismo tiempo Black Lives Matter subió la vara de lo que es posible lograr”.

Esto es evidente en los reclamos a partir de la muerte de Floyd. Los críticos han descartado y ridiculizado planes de reformas progresivas de las fuerzas del orden y, en cambio, defienden cambios antes considerados radicales, como “desfinanciar” departamentos de policía para trasladar esos recursos a otros programas comunitarios. “Eso es lo que una quiere, que tus demandas radicales se vuelvan populares”, dice Cullors, hoy directora del grupo Reform L.A. Jails. “Así se vuelven factibles y los funcionarios elegidos no se asustan tanto a la hora de hacer cosas como detener la construcción de una cárcel de 3.500 millones de dólares porque, hey, todo el mundo está diciendo que la idea de encerrar a miles de personas con problemas de salud mental ya no es tan buena”.

La reverenda Dra. Bernice King, CEO del King Center de Atlanta, hija del Dr. Martin Luther King Jr., habla acerca de la propuesta de su padre, hacia el final de su vida, de desinvertir en el complejo militar-industrial e invertir en la comunidad. “Los departamentos de policía se militarizaron, tenemos que redirigir esos fondos hacia problemas sociales más importantes, como la educación y el medio ambiente”, dice King. “Hay que desfinanciar la militarización de manera integral e invertir en los aspectos fundamentales de la nación”.

Hace cincuenta años, Estados Unidos gastaba tanto en “la ley y el orden” -juzgados, policía, cárceles- como en asistencia financiera, cupones de alimentos y seguridad social. Pero, según informó en junio The Washington Post, la brecha desde entonces se disparó. Hoy, “la ley y el orden” recibe el doble de dinero que los programas de ayuda.


Terrence Floyd en el homenaje a su hermano en Nueva York en junio Crédito: Anthony Geathers

Durante el mismo tiempo, el gobierno de los Estados Unidos desfinanció sistemáticamente la comunidad negra. Tometi menciona recortes en las redes de seguridad social por parte de presidentes republicanos, desde Reagan hasta los dos Bush, y ahora Trump, cuya presidencia entera demostró ya sea una indiferencia o una hostilidad absoluta hacia la supervivencia negra. Desde bajar los estándares de protección ambiental hasta su obstinada deficiencia a la hora de manejar la crisis de salud pública, Trump se aferró al mandato de supremacía blanca que sus votantes le proveyeron luego de la campaña más racialmente divisoria desde la de George Wallace en 1972, llegando al punto de tirarles gas lacrimógeno a manifestantes pacíficos en las afueras de la Casa Blanca durante una pandemia respiratoria.

Cualquier conversación acerca de las políticas y la retórica racistas de Trump no puede empezar ni terminar con él. Los fracasos, tanto a nivel federal como local, empezaron mucho antes. Si bien las tasas de tiroteos a sospechosos desarmados cayeron desde 2015, sigue siendo cuatro veces más posible que la policía mate a un sospechoso desarmado negro que a uno blanco.

Según Khalil Gibran Muhammad, historiador de la Harvard Kennedy School, los estadounidenses deben apuntar más alto que las reformas de corto plazo. “Tenemos que reimaginar un mundo con menos policía, un mundo atado al Nuevo Acuerdo Verde, a la necesidad de invertir en trabajadores de la salud pública; son ellos quienes pueden ayudarnos a interrumpir la violencia, que haya iniciativas de seguridad pública lideradas por la comunidad y que no dependan de la policía. Punto”.

Black Lives Matter nació como organización con un marco de referencia queer y feminista que entendía la importancia de la interseccionalidad. “Tanto Patrisse como yo tenemos la experiencia de ser mujeres negras y queer en un movimiento por la liberación negra cuya imagen central no es la nuestra”, dice Garza. Eso fue especialmente importante en un momento en que los medios, a la hora de hablar de la muerte negra, se enfocaban en hombres y muchachos negros heterosexuales. La gente es oprimida por su raza, su género y otras formas de identificación; entonces, si las vidas negras realmente importan, todas las demás también. Hay que reconocerle al movimiento que las muertes de personas trans como Tony McDade y Nina Pop no se perdieran en la maraña de tragedias recientes. Pero la visibilidad no fue su único logro.

“Este momento cristaliza lo importante que es la organización para el trabajo y la construcción de movimientos”, dice Muhammad. “Es claro que lo que hicieron ayudó a preparar lo que hoy emerge como una red nacional de organizaciones dispuestas a colaborar. El núcleo de estas enormes protestas es el resultado de todo ese trabajo”.


En Mineápolis, las demostraciones pacíficas y los disturbios estallaron 24 horas después del asesinato de Floyd y derivaron en cientos de detenciones Crédito: JULIO CORTEZ/AP IMAGES/SHUTTERSTOCK

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“Ayer lloré de alegría por primera vez”

, me dice Tometi después de las protestas de principios de junio. “Cuando vi que los noticieros mostraban claramente nuestras imágenes y eslóganes acerca de desfinanciar la policía, me emocionó ver que la gente entendía el mensaje. Porque durante mucho tiempo no nos escuchaban. Parte de la razón por la que tuvimos que ir a Twitter y Facebook fue que había mucho silencio alrededor del racismo antinegro. Era la forma más práctica de comunicarnos”.

A principios de junio, cuando el alcalde de Mineápolis, Jacob Frey, se negó a comprometerse a desfinanciar la policía, el Consejo de la Ciudad anunció planes de desarmar completamente el MPD e invertir en esfuerzos de seguridad pública liderados por la comunidad. Su jugada fue, sin dudas, la más radical de aquel momento, pero el ímpetu de desfinanciar a la policía llegó a todos los dirigentes de ciudades con fuerzas policiales célebres por sus abusos.

Tras haberse aferrado a su plan de aumentar los fondos para la policía en 19 millones de dólares y recortar programas como el de prevención de la violencia juvenil, el alcalde de Filadelfia Jim Kenney anunció, a principios de junio, que eliminaría ese aumento presupuestario, y revisaría propuestas de reformas. El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, que había tratado de mantener intacta la torta del seis por ciento del presupuesto de 90.000 millones de dólares de la ciudad destinado al NYPD, al final cedió y se comprometió a recortar fondos para la policía.

Hoy son apenas un puñado de ciudades, pero el número crece y, si la medida es adoptada en otras partes, podría interrumpir la carrera bipartidista de varias décadas por ver quién gasta más en policía y militarización. Un mes atrás, esto parecía impensable. Pero algo está cambiando.

Y yo también lo siento, como hombre negro tratando de sobrevivir. Desear que los policías no me apuntaran indiscriminadamente era pedir demasiado. Pero tengo que ser honesto: si este momento de activismo de Black Lives Matter aún no produjo los cambios necesarios, al menos me hizo sentir más seguro a la hora de demandarle esas concesiones a mi país. Y, a juzgar por lo que se ve en ciudades importantes, e incluso en algunas de las más blancas en Texas, Maine y Montana, hay otros que piensan lo mismo. Estas marchas pacíficas parecen un torrente sanguíneo corriendo por ciudades que durante la pandemia habían carecido de toda vida. Y esto no es solo un simbolismo. Deben continuar porque todavía hay muchos poderosos a los que incomodar.

En cuanto a las tres fundadoras, están luchando más fuerte que nunca. Cullors hace poco logró que se aprobara la “Medida R” en el condado de Los Ángeles, que establece una supervisión ciudadana del departamento del sheriff y se enfoca en mejorar la atención psiquiátrica, el tratamiento de drogas y otros servicios para personas encerradas en cárceles del condado. “Ya llevo 20 años en este movimiento”, dijo, “y siempre fui optimista. El poder de la infraestructura y la organización no debe ser subestimado. Cuando ocurre una rebelión, las organizaciones tienen un papel crucial”.


La muerte de Floyd generó, además de una ola de protestas, récords de donaciones hacia ONG que reclaman justicia para los negros en Estados Unidos Crédito: Simbarashe Cha/The New York Times

Tometi reconoce la urgencia y la naturaleza singular de este momento. “Pensar en cómo llegamos acá me hizo sentir que no estábamos trabajando lo suficientemente rápido”, me dice. “Nuestro trabajo no fue todo lo efectivo que debía. Recibimos un montón de premios. Yo pensaba: ‘Dios, no quiero otro premio, quiero que esto termine’. ¡No me importan los reconocimientos! Es sentido común”.

El tono de Tometi me llegó al corazón. En su voz había más exasperación que entusiasmo. Fueron siete años largos. El dolor negro siempre ha sido evidente en Estados Unidos. Sea físico o emocional, el dolor resalta como los queloides en las espaldas de nuestros ancestros esclavizados, que podemos ver en daguerrotipos con ronchas que les quedarían para siempre, como recordatorios de los azotes. Los negros siempre debimos poner nuestra salud en riesgo. No hay Ley de Derecho a Voto de 1965 sin Domingo Sangriento en el puente Edmund Pettus. Siempre fue necesario que los blancos vieran violencia sobre cuerpos negros antes de que se levantara un dedo en dirección a la igualdad. En eso, 2020 no es diferente.

Del mismo modo, necesitamos que los blancos se involucren en la lucha contra estas estructuras que los beneficiaron, en nuestro perjuicio. Pero no deberíamos necesitar que nos salvaran. Celebro esos primeros pasos que muchos de ellos dieron para tener un papel más activo y consciente, incluso si algunos fueron torpes. La gente tenía que aprender lo que significaba el “antiracismo”. Qué libros leer, dónde apoyar y dónde dejar de gastar su dinero. Y las protestas tenían que manifestarse con esta magnitud para obligar a los políticos a tomar medidas significativas, que no fueran meros aprendizajes de sensibilidad. La gente blanca marchaba en masa por la santidad de la vida negra. Ahora, de repente, los políticos se ocupaban de hacer cosas.

Hasta ahora, cada vez que los negros rogamos por nuestra supervivencia, por tanta gente muerta, fue insuficiente. Cuando Eric Garner y Eric Harris y George Floyd y Javier Ambler suplicaron que los dejaran respirar, la policía los ignoró. En su último discurso, Martin Luther King dijo: “Todo lo que le decimos a Estados Unidos es: ‘Cumplan con su palabra'”. Las palabras de esta nación, en algún momento, deben tener valor para sus ciudadanos negros. Las palabras Black Lives Matter, ofrecidas con tanto coraje por estas activistas y ahora transportadas por legiones de personas, deben ser sostenidas por acciones y políticas. Esto vale para dirigentes de la NFL, ejecutivos de estudios y funcionarios. La batalla continúa; la lucha por construir unos Estados Unidos donde los negros podamos respirar y donde no necesitemos que los blancos validen nuestras demandas de poder respirar. Hasta que este país no se haga cargo de no haber cumplido con su propio potencial, nuestras vidas negras no van a importar de verdad.

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