La historia de la playa, un lugar paradisíaco que tiene un origen incómodoSociedad 

La historia de la playa, un lugar paradisíaco que tiene un origen incómodo

El verano pasado estuve en una perfecta playa caribeña. La arena era blanca y fina, el cielo de un azul que dolía; el agua, cristalina, la costa tenía la temperatura perfecta y estábamos prácticamente solos. Por fin me va a gustar la playa, pensé. Así que corrí a zambullirme entre las olas cubanas, dispuesto a disfrutar del paraíso. Mientras jugueteaba entre la espuma, sentí un fuerte latigazo en mi muñeca izquierda. Me había picado una medusa. Qué dolor electromagnético. Es que no hay manera.

Cada verano la población se traslada en masa a la playa (este año esta migración está atenuada por la pandemia). Es como si la playa fuera el lugar natural del ser humano, como si el jardín del Edén más que jardín fuera arenal y Dios nos hubiese expulsado de allí y obligado a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, lejos del mar. Pero nosotros siempre tratamos de regresar, como al útero materno, a poner la frente a transpirar, pero tomando el sol.

La playa no siempre fue un destino del deseo, sino que se veía como lo que es: un lugar agreste y peligroso solo frecuentado por marineros, pescadores, piratas y los cadáveres hinchados que el mar devuelve de los naufragios. Allí no había nada que ver, como relata el historiador Alain Corbin en su obra El territorio del vacío: Occidente y la invención de la playa (1750–1840). Luego, tras la Ilustración, la burguesía, la aristocracia y la realeza comenzaron a frecuentar playas como la de Biarritz o los balnearios costeros británicos, siguiendo las ideas del movimiento higienista: baños de agua, viento, naturaleza, curación, un sano lifestyle. Los artistas comenzaron a interesarse por ese límite entre dos mundos, por ese romántico balcón al infinito, por ese borde existencial (a mí la playa me da ansiedad porque me hace pensar en la eternidad y en las olas chocando eternamente, una y otra vez, contra la orilla, millones de años después de que yo haya muerto).

Y la cosa se puso de moda. Y así hasta las poses de celebrities que llenan por estas fechas las revistas en las playas más exclusivas. Fue Coco Chanel, por cierto, la que popularizó el bronceado, en la Riviera Francesa, como señal de glamour o estatus. Años después la Barbie Malibú tenía tez oscura y accesorios playeros. La tanorexia se encarnó en personajes históricos hegelianos como Julio Iglesias. Antes, ese tono de piel servía para identificar a jornaleros, extranjeros y otras personas que trabajaban al sol, preferentemente pobres. Los reyes y aristócratas se mostraban tradicionalmente pálidos para evidenciar su sangre azul.

Cuando la playa empezó a popularizarse era cosa de ricos (la reina María Cristina y su corte veraneaban en San Sebastián), una de las razones por las que ahora el bronceado queda bien y no es un estigma. Después del boom turístico, a mediados del XX, las playas se llenaron de clase media y baja, embadurnada en crema y ataviada con malla y hasta hoy, que tenemos playas reticuladas para frenar la pandemia. Pero, vaya, que no hay nada en la playa que sea connatural al ser humano, más allá de que toda vida surgió del mar.

Vista desde un drone de una playa en Río de Janeiro. (Foto: EFE/Antonio Lacerda)

Llegamos a esta sociedad playocéntrica que tiene a la playa como el summum del confort, del éxito y del bienestar. Sin embargo, a nadie se le escapa que la playa es un lugar incómodo donde te embadurnas de arena y soportas temperaturas extremas. También es un lugar inhóspito: los dermatólogos están de acuerdo en que tomar el sol es un deporte de riesgo, fuente de melanomas, quemaduras o insolaciones. Cuando yo era chico, en plena epidemia de la heroína de los ochenta, se decía que los toxicómanos enterraban en la arena sus jeringas con la punta hacia arriba, para que la gente se pinchase, pero era, claro, una leyenda urbana.

Eso por no hablar de los peligros del mar: un ahogo cuando tenés resaca, esa alga cinematográfica que se mete entre tus piernas y te lleva al fondo, el tiburón de Spielberg, el calamar gigante, el kraken. O la medusa que me picó el año pasado. Cuando me llevan en barco mar adentro y me tiro a nadar siento un terror lovecraftiano imaginando los horrores desconocidos que flotan por debajo de mis blancos e inocentes pies. Los que no somos proclives a la playa somos un colectivo olvidado y oprimido por la sociedad. Muchas veces, como es mi caso, voy a la playa solo para no ser un marginado social, y para poder ver a mis seres queridos y compartir momentos con ellos. Porque si hay que elegir entre ir a la playa o no, la elección siempre debe ser playa, porque es lo considerado bueno, virtuoso y correcto. Nosotros somos los raros y lo sufrimos en silencio.

Este año estuve de vacaciones por mi Asturias natal, buena opción para un no-playero en tiempos de coronavirus: hay pocos días de sol, de hecho, se dice que el verano es el “día” más bonito del año en Asturias. Allí, en las rocosas playas de Llanes, me di cuenta de que existen playas más proclives al humano y otras menos. Las playas urbanas, por ejemplo, son hábitat humano: no en vano están dentro de la ciudad, la creación humana por excelencia. Son playas muy raras porque puedes ir semidesnudo a solo unos metros de las calles, por donde hacerlo sería escandaloso. Luego están las playas de los típicos destinos de sol y playa: el Levante español o la Costa del Sol. Esas están completamente domesticadas, de modo que las masas horteras no desentonan demasiado posando delante de la fila de grandes hoteles low cost del paseo marítimo.

Pero las playas del norte son diferentes: el mar Cantábrico es violento y allí se enfrenta, en una singular batalla, a las rocas de los acantilados. Los bosques se meten en la playa y la playa se mete en los bosques, predomina el gris de la montaña y verde oscuro de la fronda asturiana, y todo es élfico y mitológico. En estos lugares de naturaleza tan impresionante y asilvestrada la presencia de los humanos es como un delito cósmico. Qué feos somos en contraste con el sublime kantiano de la naturaleza norteña, qué desvío degenerado de la evolución. Basta ya. La playa, para los monstruos marinos.

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